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El dibujo con tinta china, el boceto rápido me permite cierta espontaneidad, dejando que la línea aparezca sin premeditación, como si cada trazo fuese una reacción directa a la saturación de imágenes, discursos y objetos que configuran nuestra vida cotidiana. Mis bocetos se construyen en ese umbral entre lo consciente y lo automático. No hay boceto previo ni planificación rígida; hay una deriva. En esa deriva emergen figuras deformadas, escenas absurdas, cuerpos atravesados por marcas, signos y residuos visuales que remiten —y al mismo tiempo distorsionan— los códigos de la cultura de consumo. Me interesa ese punto en el que lo reconocible se vuelve extraño, casi incómodo, y empieza a revelar su propia artificialidad. El humor y la parodia operan como herramientas críticas. No se trata de una denuncia frontal, sino de una exageración que evidencia lo ridículo de ciertas lógicas: la acumulación, la repetición, la estetización de lo banal, la ansiedad por poseer. Mis dibujos funcionan como espejos deformantes donde la sociedad de consumo se observa a sí misma en clave grotesca, expuesta en su compulsión y su fragilidad.

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