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En un contexto artístico cada vez más atravesado por la inmediatez de la imagen digital y la circulación acelerada de signos, mi trabajo reivindica la vigencia de los géneros clásicos de la pintura: la naturaleza muerta, el modelo vivo y el paisaje. Lejos de ser ejercicios anacrónicos o meramente académicos, estos géneros constituyen todavía hoy un territorio donde la pintura puede interrogar su propio lenguaje.
Pintar una mesa con objetos, un cuerpo en el espacio o un fragmento del paisaje no implica repetir una tradición, sino entrar en diálogo con siglos de pensamiento visual. Cada pintura es un campo de tensiones entre percepción, materia y tiempo. La observación prolongada —del cuerpo, de la luz sobre los objetos, de la atmósfera del paisaje— se vuelve una forma de resistencia frente a la velocidad de las imágenes contemporáneas.
Mi práctica se centra en profundizar en aquello que hace específica a la pintura: la construcción del color, la vibración de la luz, la relación entre superficie y profundidad, y la presencia física de la materia pictórica. En este sentido, la pintura no es simplemente representación, sino un lenguaje autónomo donde el color piensa, organiza y produce realidad. En una época en la que el arte contemporáneo muchas veces privilegia el concepto por sobre la emoción, mi trabajo propone volver a situar la pintura como un campo de conocimiento sensible.
In an artistic context increasingly shaped by the immediacy of digital images and the accelerated circulation of signs, my work reasserts the relevance of the classical genres of painting: still life, the live model, and landscape. Far from being anachronistic or merely academic exercises, these genres remain today a territory where painting can interrogate its own language.
Painting a table with objects, a body in space, or a fragment of landscape does not mean repeating a tradition, but entering into dialogue with centuries of visual thought. Each painting becomes a field of tensions between perception, matter, and time. Prolonged observation—of the body, of light on objects, of the atmosphere of the landscape—becomes a form of resistance against the speed of contemporary images.
My practice focuses on deepening those aspects that make painting specific as a medium: the construction of color, the vibration of light, the relationship between surface and depth, and the physical presence of pictorial matter. In this sense, painting is not simply representation, but an autonomous language in which color thinks, organizes, and produces reality. In an era in which contemporary art often privileges concept over emotion, my work proposes to reposition painting as a field of sensorial knowledge.
























